Un poco de todo. "Carpe Diem"

Este relato llegó a mis manos como petición de un buen amigo que debuta en esto de narrar, que ante todo es un arte, y pedía mi opinión.

La historia muestra una fuerza inusual desarrollando la trama de una manera impecable a lo largo de las lineas, a parte de ser leida con mucha facilidad.

Relata un hecho histórico como es la catastrofe de Hirosima que puso fin a la segunda guerra mundial en el pacífico y sesgó millones de vidas inocentes. La vivencia del fatidico dia desde el seno de una familia japonesa de la media provoca en el lector innumerables sensaciones como desasosiego, impotencia… 

En definitiva, es un honor para mi presentar este texto cuya lectura no tiene perdida y que considero muy interesante desde muchos ángulos.

Para finalizar quisiera agradecer al autor del texto, Mike San Martín, por haberme brindado la posibilidad de compartirlo en la red. Le auguro un buen futuro en esto de escribir. 

La ciudad destruida.Amanecía sobre el río Tag, el río que atraviesa la ciudad de Hiroshima, Japón. Era un precioso día, con un espléndido sol, brillando en un despejado cielo azul. No se veía ninguna nube en el cielo. Era la típica mañana de verano de Japón. Asami Kamamuki, madre de una familia que vivía a tres kilómetros del río Tag, se despertó cuando notó los rayos de sol en la cara. A su derecha, su marido, Shiro, seguía durmiendo a pesar de la luz solar que entraba por la ventana. Había estado trabajando otra vez hasta tarde. Asami pensó que se merecía descansar un poco más, pero tendría que despertarle pronto. Últimamente, Shiro volvía a casa muy tarde. En la fábrica, cada vez se le exigía más, para poder cumplir con las exigencias de la guerra. Asami levantaría primero a los niños, para dar más tiempo de descanso a su marido. Se fue a la habitación de Takeshi y Eiko, y al abrir la puerta, descubrió, con cierta alegría y orgullo, que los niños estaban ya levantados y vestidos.
-¡Vaya, vaya, que madrugadores están hoy estos niños! –exclamó Asami, con una sonrisa en la cara, y los brazos en jarra.
-Buenos días, Madre. Queríamos darte una sorpresa. Así ya no tendrías que levantarnos y ayudarnos a vestir. Estamos preparados para ir al colegio –dijo Takeshi.
-Bueno, pero imagino que antes habrá que comer algo, ¿no? –les respondió Asami, a sabiendas de que eran muy capaces de irse sin haber probado bocado. Estos chicos… Cómo adoraban los días de escuela.
Pero antes de que los niños pudieran decir nada, la alarma de bombardeo empezó a sonar fuera. A Asami le recorrió un escalofrío por la espalda.
-¡Asami, niños, corred! ¡Al agujero de conejos! –se oyó gritar a su padre, desde la otra parte de la casa.
Asami cogió a los niños por los hombros, y les empujó a través del jardín, la calle, y el parque hasta el refugio. Varias familias corrían también hacia allí. Asami deseó con todas sus fuerzas que solo fuera otro simulacro. Entraron en el refugio, donde ya estaban gran parte de las familias. Después de ellos, vinieron los Hinata, y luego entró Shiro, ayudando a la vieja pareja de los Kuzumi.
-Mami, ¿por qué tenemos que escondernos otra vez en el agujero de conejo? –Protestó Eiko
-Calla, cielo. No estaremos mucho tiempo aquí –Asami deseó que sus palabras fueran ciertas.
-Parece ser que han avistado un avión norteamericano sobrevolando la ciudad-dijo Reiji, mientras el encargado de la sección comprobaba a voz en grito si estaban todas las familias de esa zona.
-Esperemos que solo esté de paso –le dijo Asami, bastante preocupada por la grave noticia. Hiroshima era una de las pocas ciudades importantes de Japón que los norteamericanos aún no habían bombardeado. Asami llevaba bastante tiempo diciéndole a Shiro que solo era cuestión de tiempo que la atacasen, pero Shiro siempre opinaba que si no la habían bombardeado hasta ahora, es por que no lo iban a hacer. Cada vez que Asami se encontraba en el refugio, pensando en estas cosas, se preguntaba si, en realidad, los americanos no estaban planeando algo mucho más grande…
Pero pronto la alarma dejó de sonar, lo que indicaba que el peligro había pasado, el avión se había ido, sin siquiera hacer caso a la aterrorizada población que tenía debajo. Una tremenda sensación de alivio invadió a Asami.
<<Parece que, una vez más, Shiro tenía razón>> -pensó Asami- <<Quizás sea verdad, quizás estamos a salvo en Hiroshima>>.
Pero, más tarde, Asami descubriría que eso no era cierto, que ella tenía razón, que los estadounidenses no habían bombardeado Hiroshima por una terrible razón.

****

El coronel Paul Tibbets era el piloto encargado del bombardero “Enola Gay”, que había despegado de la base aérea norteamericana esa misma mañana, con un cargamento bastante especial. Según le habían dicho sus superiores, se trataba de un nuevo tipo de bomba, cien veces más potente que cualquiera que hubiera transportado a lo largo de su carrera como piloto militar, o eso era lo que pensaba en esos momentos. Tibbets se encontraba bastante tenso a este respecto, pero estaba mucho más calmado que durante el despegue. El despegue, en opinión de Tibbets, era la parte más peligrosa del vuelo. Su copiloto, el capitán Robert Lewis, se había puesto muy nervioso durante el despegue, porque Tibbets había tardado mucho en despegar, y quiso coger los mandos, pero Tibbets sabía que era una completa insensatez, así que le dejó muy claro que era él quien pilotaba el avión. Aunque Lewis era el responsable de la operación, Tibbets era su superior, así que tuvo que dejarle en paz. Ahora estaba callado, mirando el paisaje por las amplias ventanas del “Enola Gay”.
Pero lo que más le preocupaba ahora a Tibbets no era Lewis, sino la misión, y más concretamente, la bomba. Por razones de seguridad, se había decidido desmontar el detonador de pólvora, para el caso de que efectivamente algo fallase en el despegue, la bomba no acababa estallando y destruyendo toda la base aérea, que a pesar de ser la base más grande del pacífico, habría quedado volatizada, tal era la potencia que los superiores de Tibbets atribuían a la bomba.
-¡Jeppson! ¡¿Cuánto le falta a Parsons para terminar con la bomba?! –le preguntó Tibbets a Morris R. Jeppson, ayudante del encargado de lanzar la bomba.
-¡Nada, señor! –respondió Jeppson, a voz en grito, para hacerse oír por encima del sonido de los motores- ¡Acabamos de volver a instalar el detonador de pólvora! ¡Solo falta cambiar los botones, y armar la bomba!
-¡Señor! –esta vez era el soldado Richard Nelson, encargado de la radio, que gritaba más por oírse a sí mismo con los cascos que por superar el sonido del motor- ¡Nos envía su informe el avión de reconocimiento! ¡Dice que acaba de sobrevolar la ciudad objetivo! ¡Nos informa de que el tiempo está despejado, perfecto para el vuelo, y que tienen una inmejorable visibilidad! ¡Pero han dicho que les han visto mientras sobrevolaban la cuidad!
-¡¿Y?!
-¡Dicen que parecían ratas asustadas que corren a sus madrigueras, señor! -respondió acto seguido Nelson.
– ¡Perfecto! ¡Por su bien, espero que no salgan de sus refugios, no vaya a ser que acaben “más tostados” de la cuenta! –dijo entonces Tibbets, con una malvada sonrisa en la cara. Acto seguido, preguntó:
-¡¿Y los otros dos aviones?!
-¡Tanto el que va a grabar la explosión como el que la va a medir están a punto de llegar!
-¡Bien! ¡Avíseme cuando nos alcancen!
-¡Sí, señor!
Tibbets, después de oír estas fantásticas noticias, volvió a concentrarse en el pilotaje del avión y en la misión. Pensó, no sin cierto orgullo, que estaban a punto de cumplir la misión más importante de toda su carrera, una misión que, tal y como Lewis dijo, pondría fin a la guerra. Después de ello, podría volver a casa.****Asami vio, desde la puerta de su casa, a sus hijos ir hacia la escuela. Ese era, para ella, un momento mágico. Ver a sus hijos correr a clase, y pensar en lo mucho que habían crecido. Dentro de poco, pensó, acabarían la escuela. Dentro de poco, irán a la universidad, y tendrán un trabajo con el que poder servir al emperador. Esos pensamientos, y otros muchos parecidos, entraban en su cabeza, haciéndola sentir más orgullosa que nunca en su vida.
Poco después, fue Shiro el que se marchó:
-Adiós, cariño.
– Adiós, cielo. Que tengas un buen día en la fábrica –le respondió Asami, antes de darle un corto pero cariñoso beso.
– Ojalá. Últimamente, el señor Tamamoko nos está matando a trabajar. No tardes mucho en salir, o tu jefe también acabará por volverte loca –respondió Shiro, con una sonrisa en la cara.
– No tardaré mucho, cielo. Adiós.****Tibbets sobrevolaba ya la ciudad de Hiroshima. Se habían puesto todos las gafas protectoras, ya que les habían advertido que la luz que crearía la bomba podría dañar sus ojos, y Tibbets, que no era tonto para nada, se las había puesto, no fuera a ser que acabara cegado mientras pilotaba un bombardero.
En ese mismo momento, Lewis y el capitán Theodore Van Kirk estaban haciendo las últimas comprobaciones para confirmar que, efectivamente, el puente que tenían delante era el objetivo asignado.
Tibbets contemplaba el cielo, pensando que era un día perfecto. Azul, sin nubes, soleado… Un día perfecto para que la guerra se acabase.
Lewis terminó de confirmar el objetivo, y acto seguido, dio luz verde para soltar la bomba en cuanto pasaran sobre el puente. El principio del fin se acercaba.

****

Daigo Yamamoto, un mendigo sobre la escalinata del banco de Hiroshima, miró hacia arriba para ver qué era lo que asustaba tanto a la gente, que corría despavorida por la calle. En el cielo, vio un enorme avión, obviamente americano, que estaba sobrevolando el puente. Luego bajó la cabeza para volver a estudiar a las personas que huían para intentar salvar sus vidas, personas que ni se preocupaban por alguien tan insignificante como el viejo Daigo, que estaba ahí, sentado sobre la escalinata.
Volvió a mirar al avión, que parecía que acababa de soltar un objeto. Daigo se imaginaba qué era ese objeto, pero no tenía realmente miedo. Era demasiado viejo para correr, demasiado viejo para seguir viviendo. Cerró los ojos… Una luz le traspasó los párpados… Un calor sustituyó el frío de la mañana… Y de repente, Daigo Yamamoko dejó de existir para siempre.****Asami quedó cegada por la tremenda luz que entraba por la ventana, una luz proveniente del centro de la ciudad. Después, pudo ver una nube en forma de hongo que se elevaba hasta el cielo, mientras que otra nube negra avanzaba horizontalmente desde la anterior. Cuando alcanzó su casa, Asami se vio empujada contra la pared de atrás, mientras un tremendo sonido la ensordecía, y los cristales de las ventanas, las paredes, y los trozos de puerta se convertían en una lluvia de cascotes y metralla que le horadaban el cuerpo. Perdió el conocimiento antes de llegar al suelo.

****

Tibbets estaba atónito. Desde luego, lo que había visto no se podía comparar con ningún otro bombardeo que hubiera realizado sobre África. Eso era… era algo asombroso, algo hermoso. No tenía realmente palabras para describir lo que sentía en ese momento.
Algunos de sus compañeros vitoreaban. Otros, guardaban silencio. Lewis, que tenía una cara totalmente pálida, dijo:
-Dios mío, ¿qué hemos hecho?
Tibbets, sin embargo, sentía cómo la euforia le subía por la garganta, y tuvo que soltarla con un grito victorioso. Después, le invadió el alivio: La guerra había terminado.
El avión se sirvió del impulso de la bomba para escapar del infierno que se había desencadenado sobre Hiroshima.****Dolor. Calor. Sed. Una serie de sensaciones torturaron a Asami, que estaba volviendo en sí. Al abrir los ojos, tardó diez minutos en ordenar sus ideas, y en darse cuenta de que estaba en el dormitorio que, no hace ni dos horas, se había despertado con su marido. Solo que ese no era ya su dormitorio. Era un montón de ruinas humeantes, trozos de lo que antes era su hogar. Miró hacia arriba, donde debía de estar el techo de su habitación. En su lugar, vio un cielo negro provocado por las enormes cantidades de humo que ascendían, imposible de asociar con el precioso día azul que había visto por la ventana esa mañana. Hacía calor. El aire era irrespirable, y estaba todo oscuro, como si la noche hubiera caído de golpe.
Asami trató de levantarse, pero notó en ese mismo momento un terrible dolor en las piernas. Las tenía rotas, y en una de ellas le sobresalía una esquirla de hueso. Tenía la pierna roja por la sangre. Todo el dolor le atacó de repente, los millones de cortes que tenía por todo el cuerpo, los huesos rotos, los golpes leves y serios que se repartían desde la cabeza a los pies… Y posiblemente, una costilla rota, pero parecía que la costilla no le había taladrado el pulmón, ya que respiraba con dolor, pero sin toser sangre.
De repente, una espantosa idea recorrió a Asami, una idea que no tenía nada que ver con el dolor que sentía en su cuerpo, una idea que le atemorizaba incluso aún más de haber perdido su hogar, su salud y, posiblemente, su vida. La idea, que tanto horror le creaba, solo la pudo expresar con tres palabras:
-¡Takeshi!… ¡Eiko!… ¡Shiro!- Gritó con una voz ronca y débil, ya fuera por el humo en su garganta, o el espanto en su corazón, con la irracional esperanza de oír las voces de sus hijos responder a sus llamadas, de ver a su marido sonreírle una vez más, para que ella pudiera saber que seguían allí, para que ella supiera que su mundo no se había acabado.
Ni su marido ni sus hijos le contestaron. Ella ya lo sabía de antemano, sabía que ya no la volverían a contestar. Y por ello sentía angustia, una angustia que le destrozaba el corazón. La bomba era la más perfecta creada por el hombre, ya que el fin de una bomba es destruir, y aquella había destruido tanto su cuerpo como su corazón. Y en ese corazón destrozado nació la angustia, para luego empezar a subirle por la garganta, donde se transformó en un grito, un enorme grito de agonía, que poco a poco fue muriendo para dar paso al llanto. Asami lloró. Lloró por la destrucción, por su familia, por su tierra. Lloró por que ya no quería sufrir más. Y cuando se le acabaron las lágrimas, descubrió que el líquido seguía bajando por sus mejillas, solo que ese líquido ya no eran lágrimas, era lluvia. Unas gruesas gotas totalmente negras caían del cielo. Las gotas no eran de agua, eran de un material negro, espeso, viscoso. Y eran tan grandes que al caer sobre la cabeza hacían daño, además de que hacían escocer terriblemente las heridas. Pero todo este dolor adicional no era nada para Asami, a quien ahora había invadido otro pensamiento: quería reunirse con su familia.
Asami empezó a arrastrarse, empujándose con un brazo, mientras el otro sujetaba su torso, con el fin de limitar el dolor producido por la costilla. Centímetro a centímetro, avanzaba en una ciudad llena de muerte y destrucción; donde el fuego y la lluvia eran siervos del dominante sufrimiento y desesperación; donde el humo y la oscuridad no dejaban ver el sol, tapando cualquier atisbo de esperanza existente; donde los gritos, sollozos, y el crepitar del fuego y la destrucción eran un macabro concierto representado en el peor de todos los escenarios.

Bomba atómica sobre Hiroshima.

Mike San Martín

Comentarios en: "Hirosima, la ciudad de la muerte." (2)

  1. Joder (siento el taco pero no lo puedo evitar), has plasmado perfectamente todo lo que paso y como paso, mientras estaba leyendo este microrrelato es como si estuviera viendolo, imaginandome las imagenes de esa aniquilacion, y como tu bien has dicho esa impotencia ante el desastre total del hombre

  2. Totalmente de acuerdo. Me resulta difícil asimilar el hecho de que el ser humano sea capaz de aniquilar a su igual y que gran parte de su inteligencia y su potencial de desarrollo lo dedique a crear armas de destrucción. Somos tan contradictorios…

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